Nº 301  2ª Etapa  |  Director: Juan E. Iranzo  |  19/12/2018

Europa se forja en Crisis

Manuel Muñiz

A los europeos se nos olvida a veces que nuestro proyecto político común siempre ha avanzado en momentos de dificultad. Jean Monnet dijo poco después de que se fundara la Unión Europea que “Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones que se encuentren a dichas crisis”. Parece importante recordar hoy, inmersos como estamos en la tormenta, la travesía recorrida, así como la realidad de que las crisis han sido retos que nos han obligado a hacer las cosas mejor. Nuestra circunstancia actual nos llevará, aunque hoy sea difícil creerlo, hacia una Unión más perfecta.

Lo que se puso en marcha en el año ‘57 con la firma del Tratado de Roma fue un proceso lento y acumulativo que ha ido generando unos niveles de cooperación e interdependencia que hacen la marcha atrás impracticable. La práctica totalidad de las teorías de integración territorial hablan de la creación de intereses económicos que poco a poco van haciendo necesario el traslado de competencias a entes supranacionales. Una vez que determinada normativa se ha armonizado, se genera la necesidad de integrar campos competenciales cercanos; proceso que se conoce como “spillover effect” en ciencia política. Así fue como la Unión asumió como primer reto la reducción de las cuotas al comercio, así como las arancelarias. Ésto disparó el volumen de transacciones entre los países miembros, haciendo palpables las ineficiencias de un marco económico donde todavía había muchas trabas al comercio transfronterizo. En poco tiempo se dieron pasos para la eliminación de las barreras no arancelarias. Ésto a su vez generó nuevas demandas por parte de actores económicos y de la sociedad civil para avanzar hacia una mayor integración. Parte fundamental de este proceso fue la comprensión por parte de los líderes políticos nacionales de que la prosperidad de sus ciudadanos dependía de la creación de órganos de gobierno y normas supranacionales. De los primeros pasos de la Unión a hoy este ciclo se ha repetido infinidad de veces. Y es así como llegamos a una UE con competencias que van desde la pesca hasta la política de transporte, pasando por la protección a los consumidores. Con cada paso no sólo se profundizaba la unión sino que se encarecía la posible desunión. Hasta tal punto esto es así que es hoy impensable que la UE desaparezca; el coste económico sería tal que solo existe un camino: hacia delante. Esto condiciona la actual crisis y determina la forma en la que será resuelta.

Cuando la mayoría de los Estados miembros de la Unión decidieron agrupar sus divisas a finales de los años ‘90 lo hicieron, una vez más, con la certeza de que una mayor integración significaría más estabilidad y prosperidad para sus ciudadanos. Era evidente ya en aquel momento que una unión monetaria sin un gobierno económico sería insostenible en el tiempo. Pero un cuerpo social sólo avanza lo que le permite el capital político de aquellos que lo lideran. Estamos hoy inmersos en un proceso masivo de “spillover”; en efecto, un proceso que se deriva directamente de la necesidad de generar mecanismos de gobernanza económica en un espacio monetario único. Lo único extraordinario es que hemos necesitado una gran crisis para poder acordar lo que muchos pedían hace años. Así, el acuerdo que se firmó el 8 de diciembre en Bruselas, el llamado “pacto fiscal”, es una consecuencia casi natural y esperada de la unión económica y monetaria en la que Europa se embarcó a finales de los años 80 y que culmino con la creación del Euro.

Es importante señalar que el acuerdo del último Consejo Europeo, aun siendo predecible, no deja de ser histórico. Los países firmantes del pacto se han comprometido a reducir sus déficits presupuestarios y a someter sus presupuestos nacionales a escrutinio por parte de instituciones comunes. El paso que Europa ha dado hacia la unión política ha sido uno de gigante. Entramos ahora en un periodo de cierto riesgo en el que los distintos países firmantes del acuerdo deberán aprobarlo en sus respectivos parlamentos, o, en el caso de Irlanda, en un referéndum. En todo caso, es de tal importancia su ratificación que es razonable pensar que se superen todos los obstáculos. Podemos esperar que en marzo del 2012 quede plenamente constituido el pacto fiscal. Lo que no deberíamos dar por descontado es que ahí terminen las reformas de la Unión.

Quedan, en todo caso y entre otras, tres grandes incógnitas por resolver. La primera es si las instituciones europeas (sobre todo la Comisión y el Tribunal) jugarán un papel importante en la implementación del nuevo pacto fiscal. Si el Reino Unido insiste en bloquear el uso de las instituciones de la UE, es posible que 26 países se vean obligados a constituir instituciones paralelas a las ya existentes. Además de complicar y encarecer la ejecución del acuerdo, esto implicaría un importante traslado de poder de la Comisión a un nuevo órgano intergubernamental compuesto por los jefes de Estado y Gobierno de los países firmantes del pacto. De ser así, el centro de poder en la Unión se desplazaría a ese nuevo órgano, en detrimento, sin lugar a dudas, de la Comisión Europea. Por la importancia que tiene la eurozona para el Reino Unido, así como por la trascendencia de que el pacto fiscal sea efectivo pronto, lo más probable es que finalmente se permita a las instituciones europeas implementar el acuerdo. Como mínimo, veremos a los firmantes del pacto fiscal someterse a algo análogo a un arbitraje por parte del Tribunal Europeo; lo cual garantizará una cierta coherencia institucional.

La segunda incógnita es el papel que va a jugar el Reino Unido de ahora en adelante. En la actualidad, Gran Bretaña tiene capacidad de veto sobre cualquier norma que implique la modificación de tipos impositivos en el espacio de la Unión. Asimismo, si la UE desea legislar temas relacionados con los servicios financieros es necesario que se alcance una mayoría cualificada en el Consejo. Hasta la fecha el Reino Unido ha sido capaz de influir de forma determinante en el proceso legislativo europeo en materia financiera y son escasísimos los casos en los que se ha aprobado nueva regulación sin su aquiescencia. El día 8 de diciembre, Cameron entró en una reunión donde la cuestión a tratar era un acuerdo para salvar el Euro, y solicitó que la City de Londres quedara exenta toda regulación financiera europea. Semejante cambio pondría en peligro el mercado común, ya que generaría un paraíso regulatorio en el seno de la Unión. El previsible rechazo de sus 26 socios ha dejado al Reino Unido fuera de la gobernanza fiscal y de las reuniones mensuales que tendrán los firmantes del acuerdo. Todo esto sin que Gran Bretaña haya logrado mermar la capacidad de que la Unión apruebe regulación financiera ¿Qué sucederá a partir de ahora? Con el actual gobierno en Downing Street es impensable que Gran Bretaña se sume al pacto fiscal en el corto plazo. Así que, una vez más, el Reino Unido se convierte en la excepción en Europa. Si el pacto fiscal se profundiza en los próximos meses, con medidas adicionales como la emisión de bonos europeos, Gran Bretaña pagará un alto precio político y económico por su ausencia.

La tercera y última incógnita es, por supuesto, el futuro próximo de la Unión. Una vez aprobado el pacto fiscal lo más probable es que aumente la presión para que se aprueben medidas que impliquen el reparto del riesgo soberano en la eurozona. Básicamente veremos a los mercados pidiendo una de dos cosas: una mayor intervención del Banco Central Europeo, a través de una fuerte expansión monetaria y compra directa de deuda soberana denominada en Euros, o la emisión de Eurobonos. Dado que la primera de las opciones es anatema en Alemania y que requeriría una reforma de los tratados de la Unión (a lo que, sin lugar a dudas, volvería a oponerse el Reino Unido) lo más razonable es esperar que los países de la eurozona acuerden ampliar el pacto fiscal a lo largo del 2012 y otorguen competencias a una institución común para la emisión de deuda pública avalada solidariamente. Existen muchas dudas sobre los detalles de semejante reforma pero es más que probable que tan solo se permita la financiación una parte de la deuda nacional con cargo a eurobonos. Esta actuación será costosa en términos políticos, sobre todo para el gobierno alemán, pero será la única alternativa al colapso de la moneda común. Cabe esperar, por lo tanto, que de esta crisis emerja una UE más unida, con mecanismos de gobernanza económica más avanzados y con la clara intención de una mayor convergencia económica.

En último término es importante hacer una mención al futuro de los países más afectados por la crisis económica. Sin la capacidad de devaluar nuestra moneda o de ampliar la oferta monetaria, españoles, portugueses, italianos y griegos nos hemos visto obligados a afrontar la realidad y a implementar profundas reformas estructurales. Estas reformas vienen siendo necesarias desde hace ya muchos años. En España se ha hablado de la rigidez del mercado laboral, del preocupante nivel de endeudamiento privado o de la baja calidad de nuestro sistema educativo desde hace muchos años. Por lo tanto, la realidad es que tenemos que afrontar muchos cambios. Con gobiernos comprometidos con la reforma, el sur de Europa parece dispuesto a dar los pasos hacia el rigor y la competitividad. Es predecible, por lo tanto, que estos países, emerjan de la crisis con economías más equilibradas y competitivas, en un proceso claro de convergencia acelerada con el norte de Europa.

Europa avanza de crisis en crisis. La única solución a la actual es más Europa. Es evidente que en esa dirección nos desplazamos. No sin dificultades, y con muchas dudas, hacia ese puerto avanzamos en mitad de la tormenta.

Compartir

Ver todos
Compartir este Artículo

PUBLICIDAD