Nº 301  2ª Etapa  |  Director: Juan E. Iranzo  |  19/12/2018

Defensa y desarrollo económico

Juan Velarde Fuertes

Toda una serie de recuerdos, ligados a la famosa frase de Göring, “cañones o mantequilla”, hacen que quienes desean que no falte la mantequilla abominen de todo lo que signifique gastar en cuestiones de la defensa. En el caso de España, además, está la llamada memoria histórica. Queda el recuerdo de lo que significó la contienda con los Estados Unidos concluida con la derrota de 1898, que obligó nada menos que a la carga tributaria y restricción del gasto público, de la llamada Reforma de Fernández-Villaverde en 1900. Y no digamos lo que supuso, para quienes vivieron en la Zona republicana durante la Guerra Civil 1936-1939, la carencia de alimentos, de medicinas, de modos de transporte, acompañado todo de una hiperinflación considerable. Y a ello podría agregarse la memoria de la guerra de Marruecos. O las consecuencias en toda clase de bienes de importación, desde el petróleo a productos alimenticios a lo largo de la II Guerra Mundial, a pesar de nuestra débil participación en ella, con la División Azul y muy poco más. El conflicto de Marruecos dejó, además, el recuerdo amargo de un alto número de muertos y de heridos y enfermos, a más de concretos desastres, como el Annual.

Desde luego, y por la opinión pública, no se tenían en cuenta lados favorables derivados de esos conflictos. En el caso de la guerra hispanonorteamericana, el que se había logrado mantener los activos españoles vinculados a nuestro pasado empresarial en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y que su vuelta a España supuso un impulso notable a nuestro desarrollo. O que tras el conflicto de Marruecos, activos como el de la empresa Minas del Rif, o consolidación del tráfico portuario y financiero de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, no dejó de ser una compensación importante. La Guerra Civil consolidó la existencia en España de una economía de mercado, un activo, como después se comprobó, nada despreciable. La II Guerra Mundial, tras el conflicto de los “kapetanios” en Grecia, generó las condiciones de la Guerra Fría, las cuales, a su vez, a causa de los acuerdos en 1953 con los Estados Unidos, que supusieron recibir, no sólo ayuda económica norteamericana, sino un importante impulso para la radical mejoría de nuestra política económica, proceso que culminaría con nuestra incorporación al Área comunitaria europea, de lo que se derivó un auge favorabilísimo para nuestro desarrollo.

Complementariamente, los conflictos bélicos generan avances notables en la tecnología y en la productividad. En el caso de España, a la financiación y ámbito de las guerras con la Francia revolucionaria, se debe desde el impulso a la agricultura con la desamortización de Mendizábal a la llegada del coke para nuestra producción siderúrgica, lo que se debió al coronel de Artillería Francisco Datoli, en la Fábrica de Armas de Trubia con la cooperación nada menos que de Proust, como señala el “Memorial de Artillería” de 1844, págs. 24 y 88 y, sobre todo lo prueba José Alcalá Zamora y Queipo de Llano, en el artículo “Producción de hierro y altos hornos de la España anterior a 1850”, en “Moneda y Crédito”, 1974, nº 128, págs. 187-218.

Pero, ahora mismo, en el caso de España surge otro dilema. Si no se hace un esfuerzo en los gastos de defensa, en colaboración con Europa, para tener el tráfico en la ruta entre el Pacífico, el Índico, el Mar Rojo, Suez, el Mediterráneo y, por el Estrecho de Gibraltar, el paso al Atlántico y las costas más ricas de Europa, España sufriría un golpe económico gigantesco que sería terrible para nosotros, por la vuelta a la situación creada, desde que cayó Bizancio en poder de los musulmanes y comenzó el Imperio Otomano a finales del siglo XV, hasta que Gran Bretaña consiguió con los puntos de apoyo de Gibraltar, Malta, Chipre, Palestina y Egipto, liquidar en la I Guerra Mundial a ese imperio otomano. El desarrollo industrial, del tráfico y del turismo, de Port Bou a Algeciras, con puntos tan notables como Barcelona, Valencia, y posibilidades grandes en Cartagena y Algeciras, concretamente toda esa costa se vendría abajo. La nueva piratería vinculada al yihadismo haría actualizar desde “La canción del pirata” con su referencia a Estambul, a los castillos numerosísimos que vemos a lo largo de toda la costa española mediterránea. La alternativa es retornar a 1918, y a través de un gasto importante en el sector de la defensa, mantener esa ruta y esas costas tranquilas. La relación entre esa inversión en defensa y el rendimiento logrado esto es, la denominada relación capital-producto resulta extraordinariamente favorable para España. Añádase que la Unión Europea está en marcha y puede exigir que el Mediterráneo sea tranquilo a los países que se asoman a él, y uno es España.

En el terreno del futuro, lo que significaba en el siglo XIX California para los Estados Unidos, es análogo a lo que ahora supone España para la Comunidad Europea. Pero en los Estados Unidos, por mil motivos, que van desde aprovechar el auge del tráfico del Pacífico al clima, la marcha hacia el Este de la prosperidad, fue considerable. Por supuesto acompañada de un considerable esfuerzo militar, culminado con las bombas atómicas sobre Japón en 1945. Todo ello explica el extraordinario desarrollo de California. ¿Y lo sucedido en el Caribe, con el triunfo norteamericano también en el aspecto bélico, no explica el auge actual de la totalmente tranquila Florida? Pensemos que no lo estaba, ni cuando nuestro Capitán General Weyler consideraba que debía golpearla, ni cuando la Unión Soviética rearmó a Castro, y la reacción norteamericana de armas activas en el espacio exterior hizo que todo eso se disolviese. Y hoy Florida tiene una expansión económica extraordinaria.

Los gastos de defensa, no solo no acaban siendo improductivos, sino que, bien orientados, pueden tornarse en una notable fuente de riqueza.

Compartir

Ver todos
Compartir este Artículo

PUBLICIDAD